Pedazos de nuestro pueblo, pedazos de nosotros mismos. Adéntrate en este blog y descubre trocitos singulares de nuestro presente y de nuestros antepasados. Espero que te guste y espero tus comentarios al final de los artículos.
En nuestra región, la Mancha, no es raro ver en los antiguos corrales uno de estos arbustos que, por su tamaño, y especialmente, por sus flores, alegran el mes de abril en nuestro pueblo y en nuestra región. ¿Quién no ha olido unas lilas alguna vez? No es extraño encontrarse las tumbas de nuestros cementerios decoradas con esta flor olorosa.
El día 20 de abril, nuestros antepasados hablaban del veranillo de las lilas. Y es que en esta época se produce una subida de temperaturas que favorece el florecimiento de este arbusto. No es de extrañar que también haya refranes nombrando las lilas, como flor del mes de abril.
Aparte de otras cosas, en abril lilas y en mayo rosas.
En abril, lilas mil.
Esta planta, de la familia de las Oleaceae, igual que el olivo, crece en suelos arenosos y arcillosos, en lugares con mucha sombra, con fríos intensos, con suelos secos. Es una planta que necesita especialmente el frío en invierno para crecer. De ahí que en nuestra zona, con inviernos crudos, esta planta se haya aclimatado perfectamente.
En términos científicos, la lila tiene el nombre syringa vulgaris. Su etimología procede del griego "syrinx" (flauta), y es que su tronco y ramas se utilizaban en la antigua Grecia como instrumento para fabricar flautas. Y es que la madera de este arbusto es fina y responde bien al pulimentado.
Puede llegar a alcanzar de los 3 a los 7 metros de altura, y pasar a ser un árbol pequeño. Este arbusto también se le ha utilizado desde antiguo cercano a muros y paredes, dada su facilidad para crecer en terrenos de especial umbría. Incluso se la podría considerar una planta trepadora, porque su facilidad para crecer en espacios sombríos la hace especialmente indicada para patios y corrales.
El arbusto es de hojas caducas, lanceoladas, con el haz verde oscuro y el envés blanco lanoso. También son dentadas. Las flores pueden ser violetas, blancas o rosadas. Son pequeñas con los tubos de la corola anaranjado. Son muy atrayentes para las mariposas. El fruto es una cápsula seca, de color parduzco, de forma alargada, ovoide.
Las flores de esta planta, en infusión, se utilizaban como analgésico, para la fiebre y como anti-inflamatorio. Para ello, se cocinaba una tisana con 30 gramos de hojas y flor por cada litro de agua. También se ha utilizado desde antiguo como planta ornamental. Aunque en el siglo XVI se trajo a España, es en el siglo XIX cuando se desarrolla el interés por las flores y comienza a usarse como planta ornamental.
En nuestro pueblo, se le ha tenido mucho aprecio siempre. Los lilos de flor violeta o blanca son los más introducidos en nuestras casas, patios y cercados. Durante el mes de abril, y aunque este año se hayan adelantado, embargan de dulce olor las calles y lugares donde se encuentran. De hecho, sus flores son apreciadas por la industria del perfume por su agradable olor.
Blas de Otero, gran poeta del siglo XX español, retrata en uno de sus poemas la flor de la lila, en su libro "Las alas del lobo":
¿Cómo podríamos respirar y vivir, si el espacio no estuviese lleno de alegría y amor?
Si supieras de mi espanto. Oh flor de la lila, si tú supieras.
Si supieras de este frío que me embarga cuando pienso que no existes, del miedo que engendra entender que hasta la nada se olvida, de como tiemblan mis manos buscando las huellas marchitas de un pétalo en la nieve, o del dolor en mi pecho ahogándose en sí mismo, o del gélido ataúd que llevo a las espaldas, o de los pedazos de tumba, abierta, adheridos en mis dientes, de las uñas sucias creciendo, de mis caídas desde el fondo, de mi lengua lamiendo el barro para nada.
Si tú supieras, oh flor de la lila, si tú supieras que no hay dioses ni demonios a las puertas de mi alma, si tú lo supieras temblarías renaciendo de la nada y uniendo tu hielo al frío –horror que anidó en un sueño- arderías en mi adentro arrancándome los miedos que emponzoñan mis entrañas.
Si tú supieras que tengo, oh flor, sí, oh flor de la lila, que tengo un frío de muerte.
Es difícil describir un postre de repostería tan típico, tan nuestro... Las palabras no me vienen a la mente para describir un sabor tan contundente, dulce y a la vez tan somero y puro como el clima de nuestra Mancha.
Los rolletes de sartén son llamados así porque se emplea una sartén para su confección. Se puede decir que este ejercicio de repostería pasa por conseguir extraer los frutos de la sartén, que no es otra cosa que los rolletes fritos. Se trata de un plato económico en demasía, puesto que aunque se gaste mucho aceite, éste se utiliza para otros menesteres: freír tortas, flores, orejetas, borrachos, etc... Y además, es económico, puesto que los elementos o ingredientes no son muy caros, y con poca cantidad se pueden hacer muchos de ellos.
En muchas ocasiones, la receta, y el modo de hacer (aquello que los estadounidenses llaman el know-how), han pasado de generación en generación. Las abuelas enseñaron a las madres, y en muchas ocasiones, las madres nos enseñan a nosotros. Investigando sobre este plato típico también hemos encontrado importantes referencias en lo ancho y largo de la Mancha. Lo encontramos en pueblos de Albacete (Munera, La Roda) y Cuenca (Villanueva de la Jara, El Pedernoso, San Clemente), aunque la tradición de hacer rolletes se puede encontrar en toda España. Sin embargo, la cocina tradicional de la que hablaremos aquí la referiremos al pueblo conquense de Casas de Haro.
Teudiselio Chacón Berruga, en su libro "El habla de la Roda de la Mancha", Instituto de Estudios Albacetenses, 1981, en la página 76 los describe así:
Los rolletes son rosquillas o rollos pequeños en general, pero con muchas variedades, así: Los rolletes de Semana Santa -o de sartén- están formados de tres huevos, tres jícaras de aceite frito, tres de azucar y tres de leche, una gaseosa por cada huevo, la raspadura de una corteza de limón y media tacita de anisado. Todo esto se mezcla con harina procurando dejar la masa blanda; finalmente se forman rosquillas con la masa y se fríen en una sartén. Después de fritos se les echa azúcar por encima. No damos más nombres de variedades de rolletes porque, al igual que los rollos, se elaboran de múltiples formas y composiciones, bautizándolos muchas veces con nombres personales o conocidos en ámbitos muy estrictos, familiares, etc.
No debemos dejar de entender el sentido que tiene este dulce típico de nuestra tierra e intentar llegar al origen del mismo. Este rico postre se elaboraba en los días de Jueves Lardero, tal como se comenta del vecino pueblo conquense de La Almarcha, de los autores Nuria Sánchez García y Rubén Guillén Serrano.
De postre típico que se juntasen las vecinas esa mañana o el día de antes para hacer los rolletes de sartén que todos se comerían juntos en el campo y que hoy todavía hay madres que siguen haciendo de la forma tradicional (...)
La comida de este día se ha convertido también en una tradición, y si bien ahora ya no suele marchar al campo la familia, se sigue comiendo lo mismo en la casa; esta comida consiste en una tortilla de patatas de primer plato, de segundo chorizo, y de postre se preparan hojuelas y rolletes de sartén.
El origen de jueves lardero no tiene otro sentido que evitar la Cuaresma. En el siglo XIX había vendedores de bulas en Casas de Haro. La venta de las bulas produjo algunos problemas, puesto que cobraban mucho más de la tarifa oficial y el bulero o vendedor de bulas sacaba un sobresueldo que no le correspondía. Este oficio prácticamente está extinguido, aunque habrá ciudadanos que todavía conserven recuerdos de aquellas épocas.
Entre las condiciones de la Cuaresma estaba la de abstenerse de comer carne, y también de comer huevos y lácteos. La compra de la bula de lacticinio permitía comer huevos y leche durante la Cuaresma. Por tanto, no es de extrañar que los rolletes de sartén se cocinen para el Carnaval en algunos pueblos de Cuenca. Sin embargo, en otros, como Casas de Haro, los rolletes de sartén se cocinaban en Semana Santa, una vez pasada la Cuaresma, y guardando la abstinencia y el ayuno, dadas las crudas directrices, en Viernes Santo.
No es de extrañar que lo curioso de su amasado atrajera la atención de las más pequeñas de la casa que aprendían a cocinar y a hornear este delicioso dulce con sus abuelas y madres. Tampoco es de extrañar que vecindades enteras se reunieran ante la lumbre para cocinar los deliciosos rolletes, pero también las tortas, las orejetas, los pestiños, etc... Mientras se cocinaba para todas las casas, en una especie de comuna, en la que todas las componentes tenían un papel: preparar, amasar, cocinar, endulzar, etc... debemos retrotraernos a épocas en las que no existía estos avances.
Los rolletes de sartén se hacían en la lumbre, y las pocas pertenencias de las familias hacía que no existiera en una cocina manchega otra cosa en muchas ocasiones que una mesa o tablón grande, una silla y un fogón o chimenea, como ya hemos visto en algún otro sitio. Las tortas se hacían en una servilleta o paño que las madres y abuelas se ponían encima para amasar y darle esa textura redonda, y los rolletes se hacían como una especie de tiras que luego se unían. Hoy en día, muchas cocineras de nuestro pueblo meten el dedo en la masa y cocinan los rolletes como si fueran modernos donut; pero antiguamente, nuestras abuelas y madres cocinaban haciendo la masa una especie de palote tieso y juntándolo en sus extremos después dándole esa forma circular. Claro está que en muchas ocasiones estos rolletes salían abiertos.
Quizá una de las características principales de la cocina de este plato repostero es que es necesaria la intervención de muchas personas, como hemos dicho más arriba, y esto traía que se contaran historias, que hubiera algún vasete de vino moscatel, intercambio de recetas y, por qué no, confesiones y cotilleos varios del pueblo.
Actualmente, modernas cocinas han suplido la pericia de nuestras abuelas de conseguir freír los rolletes de sartén con la leña, y con ello ha ayudado a que este plato se haga en muchísimo menos tiempo. Pero con ello también se ha perdido la antigua predisposición al compañerismo, a reunirse en una casa y comentar historias, cuentos, cotilleos, etc...
Ahora daremos, como siempre, las indicaciones para poder cocinar este postre de repostería casera:
INGREDIENTES (Para la masa de varias raciones)
Medio vaso de azúcar
3 huevos
Vaso y medio de leche
Vaso con dos dedos de aceite
1 raspadura de naranja
1 sobre de levadura
3 sobres de gaseosa
Aproximadamente medio kg de harina (aunque buscamos que los rolletes estén trabados, por tanto, la que admita)
En primer lugar incluiremos en un bol grande el medio vaso de azúcar, los tres huevos, el vaso y medio de leche y la raspadura de naranja. Es importante que removamos bien la mezcla, puesto que posteriormente, añadiremos el aceite de oliva y puede ser que se corte el contenido con la leche.
Una vez añadido el aceite al contenido, batiremos bien a mano o a máquina para conseguir que el contenido se disuelva. Obsérvese lo líquido que aparece el contenido.
Una vez realizada esta operación, iremos añadiendo harina por tandas, a puñados, deshaciéndola a base de batir. Es importante que no quede ningún grumo en la mezcla, puesto que posteriormente, en los rolletes saldría reflejado. Seguiremos batiendo bien la mezcla; según vayamos añadiendo más y más harina, nuestra masa quedará hecha cuando veamos que haya espesado, y eso lo iremos notando conforme vayamos batiendo el contenido.
Añadiremos los sobres de levadura (hemos utilizado la marca Royal) y la gaseosa, y seguiremos amasando. La gaseosa y la levadura permitirá a nuestra masa subir cuando la echemos a la sartén. Hemos utilizado la conocida gaseosa El Tigre, que en 2015 habrá cumplido 100 años comercializando esta gaseosa en polvo que se usa ya por varias generaciones como refresco, corrector de la acidez en las comidas y como gasificante en repostería. No es de extrañar que en las antiguas tiendas de ultramarinos de nuestro pueblo, en sus expositores, se encontrara por estas fechas esta gaseosa, que se ha usado desde siempre para cocinar estos deliciosos dulces típicos de Semana Santa.
Una vez realizada esta tarea, espolvoreamos un poco de harina encima de la masa y tapamos 5 ó 10 minutos con un trapo de cocina el bol para dejar que la levadura y la gaseosa hagan su efecto y hagan subir la masa.
Después de ello, espolvoreamos harina en una mesa, tablero o lugar cercano donde vayamos a freír los rolletes, puede ser la típica mesa camilla redonda de la foto, o un tablero. Iremos realizando pequeñas, cuanto más pequeñas mejor, bolitas de masa, espolvoreándonos harina en las manos para darle mayor consistencia a la masa. Y las iremos dejando en el tablero que utilicemos.
Una vez hayamos llenado el tablero con la masa de los rolletes de sartén, añadiremos aceite de girasol en una sartén. Hay en otros lugares y casas que la realizan con aceite de oliva. El inconveniente es que este aceite es muy fuerte, con lo que el sabor del rollete es más fuerte, y también es más fácil que se quemen los rolletes. Sin embargo, se puede freír con el aceite que se quiera.
Una vez se haya llegado a una importante temperatura, mojaremos con aceite (de ahí el plato con aceite que se ve en la mesa de la fotografía de más arriba) nuestras manos, cogeremos una de las bolitas de masa, la extenderemos y le haremos el agujero, para, inmediatamente echarlas en la sartén.
Es normal que vaya haciéndose espuma, por el gasificante, en la sartén. Debemos estar pendientes para ir dando la vuelta a los rolletes, y que queden doraditos.
Una vez dada la vuelta de los rolletes, se sacan de la sartén. Antes de ello, debemos evitar que la masa de dentro quede líquida y lo de fuera dorado. En Casas de Haro se le llama a eso "tener los rolletes guacho". Por tanto, el truco es dejarlos cuanto más tiempo al fuego mejor, siendo el fuego lento el mejor para dorar los rolletes; y antes de sacar los rolletes, subirle el fuego aproximadamente 10-20 segundos, para conseguir matar el guacho. Antiguamente, con la leña, en muchas ocasiones se debía hacer gran acopio de la misma para poder cocinar estos deliciosos frutos de la sartén.
Después de sacarlos de la sartén y dejarlos reposar un minuto en un plato con una servilleta, para que suelten el aceite, llega el momento de pasarlos por un plato lleno de azúcar, para que impregnados de la misma, vayan a parar a la fuente de presentación. Ahora llega el momento de dejarlos enfriar y poder degustarlos. Hay gente que este plato típico lo acompaña con anís, con leche, con chocolate o incluso con vino moscatel. Lo importante es que este tipo de platos y tradiciones deben seguir vivas porque conforman la esencia de nuestras festividades, en especial la Semana Santa de Casas de Haro, y forman parte de nuestras abuelas, madres, hermanas e hijas.
Como en otras ocasiones, incluiremos un vídeo, esta vez del vecino pueblo de La Roda, en la que se nos cuenta cómo los obradores y panaderías del vecino pueblo, durante estas fechas, realizan un ejercicio de repostería para el turismo y los habitantes que tienen a bien comprar este manjar o fruto de sartén.
El día de los difuntos de Casas de Haro, al igual que en muchas localidades de la provincia y de la Mancha, tiene una parte formal que todos conocemos: visitar a nuestros antepasados y engalanar los sepulcros y tumbas con flores. Pero también tiene una tradición que se está perdiendo, que se practicaba el 31 de octubre por la noche. Era la llamada noche de las migas. En dicha noche, niños y jóvenes del pueblo salían a las calles dispuestos a tapar las cerraduras de las casas.
Sin embargo, con la llegada de tradiciones americanas, como Halloween, esta tradición está desapareciendo en muchos lugares. En la provincia de Cuenca ya no se ven a los niños tapando las cerraduras de las casas vecinas; se los ve disfrazados de monstruos, brujas, etc... pidiendo caramelos por las casas con el famoso "¿truco o trato?".
La costumbre de tapar cerraduras viene de antiguo. Se cree que tapando las cerraduras se evita que los difuntos entren en las casas en esa fecha.
El dulce típico de estas fechas no son los famosos huesos de santo o los buñuelos de viento. En nuestro pueblo se cocina una receta típica que se llama Migas de Niño; en otros lugares de nuestra provincia se les llama puches o migas dulces. Estas migas, una vez cocinadas, adquieren la consistencia de una pasta que es la que se utilizaba de antiguo para tapar las cerraduras. En los últimos años de esta tradición, la juventud de nuestro pueblo realizaba un engrudo, compuesto de yeso, cemento, etc. que aplicaba a las cerraduras y a las fachadas de algunas casas, provocando la ira de los vecinos, al día siguiente, cuando debían limpiar tal destrozo.
Las migas de niño tienen este nombre porque era de las primeras comidas que se le daba al niño pequeño. Su textura, parecida a una papilla, y su sabor dulce, hacía las delicias de los lactantes que comenzaban a comer de todo, con 1-2 años.
MIGAS DE NIÑO O PUCHES
INGREDIENTES
- Agua, aproximadamente tres cuartos de litro.
- Harina: una cucharada sopera por persona.
- Azúcar, dos cucharadas soperas por persona.
- Aceite de oliva, 100 ml.
- Trocitos de pan duro.
PREPARACIÓN.
En una sartén, ponemos a calentar el aceite. Cuando el aceite está lo suficientemente caliente, se le incluye los trozos de pan, convenientemente cortados.
Se fríen los trozos de pan y se retiran en un plato aparte, para luego adornar las migas, como veremos.
En el aceite en el que hemos frito los pedazos de pan, se aplican varias cucharadas soperas de harina: se aplica una cucharada por persona. Se deshace la harina en el aceite. Como resultado tendremos grumos de harina con aceite.
Incluiremos después de haber deshecho el contenido dos cucharadas soperas de azúcar en la mezcla; es decir, por cada cucharada de harina, se le aplicarán a las migas dos cucharadas de azúcar. Se remueve el contenido y se mezcla a fuego lento.
Ahora se le va aplicando el agua; debe aplicarse poco a poco, para evitar pasarnos de la medida. Además, debemos remover muy bien el contenido para ir deshaciendo los grumos que han salido en los anteriores pasos. El truco es remover muy bien la harina y el azúcar en el agua, por tanto habrá que remover hasta que se deshagan, siempre a fuego lento. Mientras que haya grumos hay que remover.
Nuestros antepasados cuentan que cuando eres capaz de hacer una letra en el contenido de la sartén, es porque está bien de agua el guiso. Por ejemplo, en la foto de más abajo está la letra "E", aunque cada quien puede hacer la letra que quiera. Esto nos determina que las migas de niño están bien de agua.
Seguiremos removiendo de vez en cuando para evitar que se peguen las migas. Siempre hay que dejarlo a fuego lento. Conforme se van cociendo las migas, el aceite va subiendo hacia arriba, lo que nos indica que las migas de niño están terminadas. En las posteriores fotografías, veréis el color brillante de las migas, lo que determina que el aceite de oliva ha subido y, por tanto, se pueden retirar.
Se retira el contenido de las migas en una fuente y se adorna con el pan frito -o picatostes-. La decoración de este plato va en función de los comensales. Los trozos de pan frito hay quien los introduce por dentro de las migas, y otros que lo decoran por fuera. Incluso hay quien el aplica una capa de azúcar por encima.
A mediados del mes de octubre, se procede a la recolección de la rosa del azafrán. Antiguamente, era motivo de mucho trabajo en casas particulares, de muchísimas vecinas que se sentaban para recolectar esta preciada especie, y también era motivo para hablar de muchos y variados temas, de contar historias en las interminables horas de monda o desbroce de tan delicada flor.
El azafrán, o crocus sativus, es una especie que se extrae de los estambres de esta planta de la familia de las iridaceae. Existen diversas descripciones de esta planta, algunas más o menos doctas; sin embargo, las características de esta delicada flor las podemos describir de esta forma:
Se caracteriza por tener una flor color Lila donde destacan el color rojo de los estigmas y el amarillo de los estambres. La flor es estéril, ya que se trata de un híbrido que se ha ido manteniendo a lo largo de los siglos debido a lo apreciado de sus estigmas. La reproducción de esta planta se realiza por bulbos. Cada flor tiene tres estigmas de azafrán, también llamadas hebras, las cuales están unidas en la base por el estilo. Los estigmas tienen forma de trompeta alargada, color rojo intenso que va decolorando hasta el amarillo en el estilo, también llamado rabillo.
El azafrán se cultiva en terreno ligero y esponjoso, evitando charcos y con un terreno que facilite el drenaje de la humedad. Es una planta agradecida, ya que no necesita mucha agua, puede crecer con lluvias que caigan en momentos concretos. Además, resiste heladas y también días de calor; sin embargo, el crecimiento de la flor es el que hace a esta planta delicada, al tener que ser recogida en determinados días del año.
El cultivo de esta planta suele durar de 3 a 4 años; en los últimos años de crisis, se están buscando cultivos alternativos, y el azafrán está en el punto de mira. Una vez se vaya a cultivar azafrán, se suele preparar abonando con estiércol el campo que vaya a sembrarse de esta planta. Sin embargo, es una planta que agota el terreno, y debe dejarse descansar una vez se ha plantado de azafrán, cultivándolo de otras plantas, para dejarlo descansar y reponerse.
El suelo debe estar resguardado de vientos y debe ser lo más plano posible. La erosión en un terreno dificulta el crecimiento de esta planta bulbosa. Suele crecer en terrenos de piedra caliza y también arcillosos, lo que hace nuestro pueblo un lugar excepcional para su cultivo. En estos momentos no existe tanta tradición de cultivar esta planta; sin embargo, en épocas no tan lejanas, cuando llegaban estas fechas, se veía a toda una vecindad reuniéndose en la cocina de una de las vecinas a mondar rosa de azafrán.
Cuando se plantaba esta preciada especia, se roturaba el suelo con anterioridad, durante el mes de enero, usando un arado que roturaba a 10-12 cm. Posteriormente se araba con un arado de mayor profundidad (30-35 cm) para facilitar el drenaje y filtración del agua, y para evitar la erosión. En mayo o junio se plantaba el bulbo que ya desde el primer año daba la preciada flor violeta, con sus estambres rojo fuego.
Cuando llegaba el 4º año, se extraían los bulbos, seleccionando los mejores para próximas plantaciones.
Una flor como ésta no estaba exenta de peligros. En especial, hablaremos de tres:
Un hongo que ataca al bulbo, llamado hongo vinoso, por el color vino que aparece en el bulbo, que hace que la planta se seque y se extiende por toda la plantación.
Los topos, que con sus madrigueras, se alimentan del bulbo y terminan con la planta.
Las malas hierbas, que si bien no son peligrosas, si tienen que ver con el mal crecimiento de esta planta.
La recolección se inicia en la segunda semana de octubre. Suele durar unos 20 días, según la floración de la rosa del azafrán, que suele darse entre 2 y 6 días. Se les llama "días de manto". La recolección es dura, puesto que debe hacerse antes de que el sol caliente, en las primeras horas del días. Recolectar cuando el sol calienta provocaba que la planta se marchitara. En ocasiones, en días lluviosos o nublados, se recogía durante más tiempo, aprovechando que el sol no calentaba.
La extracción del azafrán se realiza cogiendo el tallo de la flor con los dedos y rompiéndolo. La flor se almacenaba en una cesta de esparto o de mimbre que tenía el recolector. Esta flor es muy delicada, por tanto, no se podía amontonar, normalmente se extendía sobre una lona para evitar que se apelmazara y los estambres sufrieran un deterioro de su calidad.
Después se trasladaba a una mesa para desbriznar o procederse a la monda. Esta labor es ardua. Familias enteras se sentaban para desbriznar esta flor, antes de las 12 horas de haberlas recogido. Se separa el estambre cogiendo el rabillo por la zona donde blanquea, y unidos por el pistilo de la flor, de tal modo que los tres estambres estén juntos. Este trabajo, principalmente, era de mujeres, dado que las manos de ellas, al ser más finas, realizaban mejor este trabajo.
Un trabajo como éste se solía comenzar al mediodía y duraba hasta altas horas de la madrugada. Las señoras hablaban de muchos temas sentadas mondando azafrán: del tiempo, de los maridos, de historias antiguas, de cuentos, de chismes, de maridos... muchas de las mujeres de nuestro pueblo recuerdan las maravillosas historias que se contaban con ese olor característico del azafrán.
Después de haber mondado, se procedía al desecado mediante fuego lento. Para ello, los estambres se colocaban en cedazos de tela metálica o tela de seda y se ponían encima de una estufa, de unas brasas o un brasero. Para que la calidad se mantenga, la temperatura debía ser constante, alrededor de 35ºC. Después de 45 minutos, el tueste había finalizado. El azafrán perdía humedad y los estambres quedaban reducidos a unos 2 cm. El color y el aroma cambiaban: de un color rojo vivo a un color rojo más oscuro; el olor característico era ahumado.
En ese momento, se pesaba en básculas de precisión para conocer la cantidad de azafrán recogido por las mondadoras que eran contratadas entre la vecindad y se guardaba en recipientes que protegían la especia de la luz y de la humedad (botes metálicos, cristal, cajas de cartón con paños encima, etc...). Según estimaciones, había que mondar 250.000 flores de azafrán para conseguir un kilo de esta especie. El aroma y el color son señales de calidad del producto.
Durante los últimos años, en Consuegra, se celebra el Festival de la Rosa del Azafrán, que está diseñado para que no se pierda tan interesante tradición manchega. Y es que el azafrán de la Mancha es seña de identidad de calidad y producto de la tierra. En nuestro pueblo, Casas de Haro, el azafrán ha sido y es un referente del pasado. En este momento, muy pocos agricultores están dispuestos a sembrar esta especia, que es considerado el oro de la Mancha, por la cantidad de cuidados y desvelos que trae. Sin embargo, en el pasado, no había casa de la Mancha que no tuviera un poco de azafrán en sus despensa, y no había pocas familias que usaban el azafrán para aderezar sus guisos en fiestas señaladas del calendario, en Santa María Magdalena o San Julián, o en Navidad.
Permítanme comenzar comentando que nuestro pueblo ha tenido unas circunstancias excepcionales, por su situación y características poblaciones; ya el 7 de julio de 1890, la Corporación Municipal comentaba que
Antiguo cementerio de Santa Marta, hoy Parque de los Mártires.
"dadas las circunstancias particulares y gráficas de la población, diseminadas en seis barrios de pequeños grupos, distantes unos de otros en términos de que sería tan difícil como costosa la exquisita vigilancia para evitar defraudaciones"
Una de las calles mejor documentadas, en ese proceso de expansión de las comunicaciones entre barrios de nuestro pueblo, es la actual calle doctor Jareño, que comienza al final de las Casillas y cruzará el pueblo en línea recta. Esta calle tendrá 700 metros. No es baladí comentar que el camino que surgiría a finales del siglo XIX y que buscaba comunicar a los dos barrios principales, no sorteando el cementerio, se ha convertido con el tiempo en la calle más cotizada y más céntrica de nuestro pueblo. Los comercios, farmacias, pubes, cajas de ahorros se encuentran ubicadas aquí. Y todo el tránsito principal del pueblo se halla en esta calle. Por tanto, asistimos a cómo una decisión tomada en el siglo XIX por una Corporación, dejará una huella imborrable en nuestro pueblo. Hablamos del camino que se hizo una de las calles principales de nuestro pueblo.
Inicialmente se hablará de él como de un camino: intentará evitar el cementerio que estaba construido en el actual Parque de los Mártires. El 26 de febrero de 1882, el Ayuntamiento se reúne para dar salida a un problema de salubridad. Muchos vecinos que tenían que cruzar de un barrio a otro por la noche debían pasar por el cementerio. Ya no sólo es que tuvieran miedo, sino las condiciones de insalubridad que tenía este recinto.
El estado del antiguo cementerio era lamentable. Sus paredes, semiderruidas, muchas tumbas masificadas en un recinto que se definió como inservible a los pocos años de su construcción, tenían el camino que unía la barriada de arriba con la de abajo al lado de sus paredes.
De ahí que se acuerde por la Corporación hacer una expropiación forzosa a los vecinos que tenían viñas de baja calidad para que el camino pudiera hacerse extensible. Raro parece que no aparezca en este documento la ermita de San Antón, que ya debería estar ubicada en su emplazamiento actual. También resulta raro que no se le incluyera un nombre a este camino. Se le llamó por extensión, camino de los barrios.
Sin embargo, sabemos que el llamado camino de los Barrios se abrió en el lugar que ahora ocupa desde tiempo inmemorial. No tenía denominación pero unía el barrio Carlotas y Porretas, y por ende, también el barrio de Ruipérez con las Casillas y, por tanto, con el barrio de abajo. Con el tiempo, y denominando a la calle principal Calle Doctor Jareño, en honor al titular de medicina que durante varios decenios ejerció su labor de forma excelente en el pueblo, se le incluyó este nombre.
A los lados se plantaron moreras
“Constituido
el Ayuntamiento en las casas Consistoriales en sesión pública con asistencia de
los Señores Concejales que al margen se expresan, bajo la Presidencia del Sr.
Alcalde Don Mercenario Martínez, explicó
que el objeto de la reunión, indicado ya en la convocatoria, haciendo
ver a la Corporación
lo conveniente que sería la construcción de un camino que desde las casillas
parta en línea recta al Barrio denominado los Pavos, evitando de este modo la
proximidad al Cementerio toda vez que el camino existente hoy va por la rasante
de sus paredes, y a la vez con el nuevo camino se acortaría la distancia que
separa a los dos Barrios por su rectitud, dando también a ambos un aspecto más
culto y hermoso con el nuevo camino plantando árboles a uno y otro lado del
mismo.
Trazado recto del camino convertido en calle
Tomado en consideración lo propuesto por el
Sr. Alcalde, por todos los Sres. Concejales se manifiesta por unanimidad y así
lo acuerdan, que el proyecto del Sr. Alcalde es altamente de utilidad pública,
culto e higiénico, pues siendo el terreno que separa a los Barrios igual y sin
el menor accidente, no se explica la razón del por qué el camino que hoy existe
hace curva y pone constantemente a todo el vecindario de uno y otro Barrio en
contacto con el Cementerio.
Resulta que el terreno designado en su mayor
parte, está plantado de viñas de ínfima clase, y como camino en proyecto tiene
una longitud de 700 metros,
necesariamente ha de ocupar aunque pocos terrenos de veinte vecinos
próximamente para lo cual acuerdan también por unanimidad que se les haga saber
por notificación en forma, poniendo en conocimiento del Sr. Gobernador el
presente acuerdo remitiendo copia literal del mismo, y procediendo sin levantar
mano al instruir el expediente de expropiación forzosa, una vez como queda
desde luego de utilidad pública el camino en cuestión”.